Objetos Caseros. En Primera Persona.

Sobre las casas y sus habitantes

Objetos caseros.

En el salón si se queda una quieta se puede escuchar el eco de los años- Las palabras dichas. Las risas. Los días tristes.
Qué poco caso hacemos de lo que nos dicen las casas. Qué poco escuchamos a los objetos. No se nos ocurre mirar el espejo dorado, de patina antigua y pensar quién se miró en él, cuál es su historia.
Vamos a las casas de los otros y nos sentamos: tomamos un café, echamos un vistazo en general y decimos un cumplido: “qué casa tan agradable”. Y el dueño, la dueña, a menudo sonríe sin preguntarse más. Se cumple el ritual de la buena educación mientras los objetos se sienten heridos.
Esa mirada sin ver ante su temblor emocionado: “ seguro que le agrado, soy muy antiguo, su abuela me trajo de la tienda de relojes y me puso en la pared: tenía una sonería tan bonita”…pero el visitante lleva un reloj de pulsera, naturalmente último modelo, o comprado por poco dinero en el Corte Inglés, y no tiene tiempo, ah, el tiempo, para mirar: solo para tomar el café y charlar con el amigo de cualquier asunto actual.
“Me cogerá de la repisa y preguntará de dónde vengo”, piensa el espejo de plata que le regalaron a la madre cuando se casó. Pero el visitante, la visitante, no mira la repisa, sólo le dice al dueño, a la dueña de la casa si le importa que fume que está harto/a de la mañana de líos en el banco. Y el espejo de plata no escuchará decir cómo pasó la guerra, cómo sobrevivió a los bombardeos, cómo Ella lo mantenía en un lugar tan recogido para que “no se rompa nunca”.

Pero en otras ocasiones, qué júbilo en las Casas…cuando quien las habita se detiene ante los objetos que allí viven. Cuando escuchan decir: “mira, te voy a enseñar mi Casa”; y el dueño, la dueña, se va deteniendo, lenta, morosamente, paladeando como un contador de historias ante cada uno de ellos y relatando: “ pues este reloj de pared….”, y “ ven, verás qué espejo…!”, y “ mira, este es el retrato de mis padres, mira las flores que llevaba ella”.

Entonces, en las tardes así, el sol ilumina la Casa, los objetos se estremecen de orgullo, se sienten hasta modestos y humildes, les da como un poco de vergüenza, sí, y a la vez miran al dueño, a la dueña, de la Casa, con tanto amor como si tuvieran un corazón que late.

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Acerca de alenar

Alena Collar. Periodista. Escritora. Madrileña.
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